De Pérez-Reverte, que nos gusta leer, y la Historia, y si es nuestra, pues más.

Ya digimos al principio de toda esta aventura, que esto era voluntario, un ejercicio, y como tal, no todo van a ser impuestos y economía, de hecho, hay muchos enlaces a difeerentes páginas…que a ver si conseguimos hacerlas RSS, de tal modo que se acceda a la versión más reciente, a ver si, que todo esto es nuevo para todos.

Ea, ahí va Don Arturo:

EDITADO:

Patente de corso, por Arturo
Pérez-Reverte

 
  El hombre que atacó
solo
 
 

Hace tiempo que no les cuento ninguna
historieta antigua, de ésas que me gusta recordar con ustedes de vez en
cuando, quizá porque apenas las recuerda nadie. Me refiero a episodios
de nuestra Historia que en otro lugar y entre otra gente serían materia
conocida, argumento de películas, objeto de libros escolares y cosas
así, y que aquí no son más que tristes agujeros negros en la memoria.
Hoy le toca a un personaje que, paradójicamente, es más recordado en los
Estados Unidos que en España. El fulano, malagueño, se llamaba Bernardo
de Gálvez, y durante la guerra de la independencia americana –España,
todavía potencia mundial, luchaba contra Gran Bretaña apoyando a los
rebeldes– tomó la ciudad de Pensacola a los ingleses. Y como resulta
que, cuando me levanto chauvinista y cabrón, cualquier español que en el
pasado les haya roto la cornamenta a esos arrogantes chulos de
discoteca con casaca roja goza de mi aprecio histórico –otros prefieren
el fútbol–, quiero recordar, si me lo permiten, la bonita peripecia de
don Berni. Que fue, además de político y soldado –luchó también contra
los indios apaches y contra los piratas argelinos–, hombre ilustrado y
valiente. Sin duda el mejor virrey que nuestra Nueva España, hoy Méjico,
tuvo en el siglo XVIII.

Vayamos al turrón: en 1779, al declararse la guerra, don
Bernardo decidió madrugarles a los rubios. Así que, poniéndose en marcha
desde Nueva Orleáns con mil cuatrocientos hombres entre españoles,
milicias de esclavos negros, aventureros y auxiliares indios, cruzó la
frontera de Luisiana para invadir la Florida occidental, tomándoles a
los malos, uno tras otro, los fuertes de Manchak, Baton-Rouge y Natchez,
y cuantos establecimientos tenían los súbditos de Su Graciosa en la
ribera oriental del Misisipí. Al año siguiente volvió con más gente y se
apoderó de Mobile en las napias mismas del general Campbell, que acudía
con banderas, gaitas y toda la parafernalia a socorrer la plaza. En
1781, Gálvez volvió a la carga y estuvo a pique de tomar Pensacola. No
pudo, por falta de gente y recursos –los milagros, en Lourdes–; así que
regresó al año siguiente desde La Habana con tres mil soldados
regulares, auxiliares indios y una escuadra de transporte apoyada por un
navío, dos fragatas y embarcaciones de guerra menores.

La operación se complicó desde el principio: a los
españoles parecía haberlos mirado un tuerto. Las tropas desembarcaron y
empezó el asedio, pero los dos mil ingleses que defendían Pensacola –el
viejo amigo Campbell estaba al mando– se atrincheraban al fondo de la
bahía, protegida a su vez por una barra de arena que dejaba un paso muy
angosto, cubierto desde el otro lado por un fuerte inglés, donde al
primer intento tocó fondo el navío San Ramón. Hubo que dar media
vuelta y, muy a la española, el jefe de la escuadra, Calvo de Irazábal,
se tiró los trastos a la cabeza con Gálvez. Cuestión de celos, de
competencias y de cada uno por su lado, como de costumbre. Calvo se negó
a intentar de nuevo el paso de la barra. Demasiado peligroso para sus
barcos, dijo. Entonces a Gálvez se le ahumó el pescado: embarcó en el
bergantín Galveztown, que estaba bajo su mando directo, y
completamente solo, sin dejarse acompañar por oficial alguno, arboló su
insignia e hizo disparar quince cañonazos para que los artilleros guiris
que iban a intentar hundirlo supieran bien quién iba a bordo. Luego,
seguido a distancia sólo por dos humildes lanchas cañoneras y una
balandra, ordenó marear velas con la brisa y embocar el estrecho paso.
Así, ante el pasmo de todos y bajo el fuego graneado de los cañones
ingleses, el bergantín pasó lentamente con su general de pie junto a la
bandera, mientras en tierra, corriendo entusiasmados por la orilla de la
barra de arena, los soldados españoles lo observaban vitoreando y
agitando sombreros cada vez que un disparo enemigo erraba el tiro y daba
en el mar. Al fin, ya a salvo dentro de la bahía, el Galveztown
echó el ancla y, muy flamenco, disparó otros quince cañonazos para
saludar a los enemigos.

Al día siguiente, con un cabreo del catorce, el jefe de
escuadra Calvo de Irazábal se fue a La Habana mientras el resto de la
escuadra penetraba en la bahía para unirse a Gálvez. Y al cabo de dos
meses de combates, en «esta guerra que hacemos por obligación y no
por odio
», según escribió don Bernardo a su adversario Campbell, los
ingleses se tragaron el sapo y capitularon, perdiendo la Florida
occidental. Por una vez, los reyes no fueron ingratos. Por lo de la
barra de Pensacola, Carlos III concedió a Gálvez el título de conde, con
derecho a lucir en su escudo un bergantín con las palabras «Yo solo»;
aunque en justicia le faltó añadir: «y con dos cojones». En
aquellos tiempos, los reyes eran gente demasiado fina.

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Venga, buen provecho.

Carlos Marcelo

Salu2

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